Uruguay es uno de estos países, con una situación de su sector artesanal bastante peculiar. Por un lado, cuenta con una cantidad y calidad de artesanos altamente valorada a nivel internacional, dedicados tanto a técnicas y oficios tradicionales cómo a aquellos más recientes y menos populares, con gran capacidad tanto para trabajar con materiales tradicionales o con nuevos productos.
Por otra parte y en contraposición, cuenta con un mercado interno que no valora dicho sector, con aún un montón de prejuicios al respecto del mismo y no solo debido a circunstancias económicas. Existe en Uruguay y fuertemente arraigada la idea de que la artesanía no es un oficio, ni un trabajo y se sigue optando por productos importados de baja calidad y costos, antes que por la producción nacional (aunque esto no aplica solamente al sector artesanal).
La artesanía uruguaya cuenta con una capacidad de creación y producción de calidad que muchos países envidiarían, pero sin embargo y lejos de ser un sector productivo acorde a sus potencialidades, continua manteniendo a muchos de sus artesanos fuera del los circuitos comerciales, obligándolo a dedicarse a otras actividades que nada tienen que ver, como sucede con una gran parte de los artistas en general.
Las políticas económicas y culturales vinculadas, continúan privilegiando a unos pocos, relegando a la gran mayoría de sus artesanos y condenando a la desaparición de los pocos espacio educativos que aún sobreviven.


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